En la boca del lobo (I)

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Existe una “lucha” ancestral desde hace milenios entre el ser humano y el resto de seres vivos por el uso y explotación del territorio a la cual ambos responden en función de varios factores como las condiciones ambientales, físicas o meteorológicas de un territorio.
Al resto de compañeros de nuestra carrera evolutiva, no les hemos dejado los fértiles valles, o las resguardadas bahías, no!, les hemos dejado parajes reducidos de inhóspitas y durísimas condiciones ambientales con escasa productividad. Un buen ejemplo de ésto, son los parques nacionales y naturales de la península ibérica. En general, estas zonas tienen en común, que son lugares de alta y media montaña (Pirineos, Picos de Europa, Sierra Nevada…) en donde el frío, el largo invierno y escaso valor agrícola de sus suelos redujeron en buena medida el interés de la sociedad a una reducida ganadería y pastoreo y en algunos casos a cierta industrialización minera. O la versión contraria, lugares muy áridos, sin agua, rango de temperaturas muy extremas a lo largo del año que los convierten a nuestro entender carentes de utilidad, es decir, desiertos (Tabernas, Bardenas Reales…). O lugares que por estos u otros motivos han sido despreciados y catalogados como carentes de interés. Así, la mayor parte de las zonas ambientalmente protegidas de la península ibérica tienen valores de productividad primaria realmente escasos, que se traducen en mayores dificultades para sostener comunidades y poblaciones de animales con grandes requerimientos de energía.

Parque Nacional de Sierra Nevada, Granada, desde la presa de Güejar-Sierra.

Por parte de los “bichos” sólo caben prácticamente dos posibilidades ante la vorágine del desarrollo humano: adaptarse o morir. Aquellos que fueron capaces de transformar sus hábitos, cambiar sus tolerancias, encontrar otras formas de criar y finalmente de vivir han llegado hasta nuestra época. El resto fueron empujados (muchos de ellos ya hace miles y cientos de años) a la irreversible extinción.
Sin embargo, algunos de ellos se encontraron en España en el último siglo en esta terrible disyuntiva. La industrialización añadió nuevas armas para el aprovechamiento más rápido y eficaz de los recursos (y mejorar nuestros “standares” de calidad de vida hasta un punto impensable).
El lobo es un mamífero carnívoro-omnívoro-oportunista (hummm…a qué me recuerda a mí esto?). Que ha seguido desde el principio de los tiempos de cerca los pasos de la especie humana, una inseparable relación que les hace entrar en competencia por parte de los recursos del enorme pastel de riqueza que es este mundo en el que vivimos.
Además es un ser altamente sociable, que vive en sociedad (manada), estableciéndose marcados roles y funciones (derechos y deberes) entre los individuos que la forman (humm… otra coincidencia más). Probablemente, estas coincidencias sean algunos de los motivos por los que el lobo despierte en nosotros pasión y odio/miedo a partes iguales.

Lobo ibérico en cautividad descansando tras un tronco. LoboPark.

Ya digo que esta pasión se produjo hace miles de años, cuando el hombre consiguó domesticar al menos una parte del salvaje lobo, supuestamente hace 10.000 -15.000 años con el abandono de la vida nómada y el establecimiento de las primeras comunidades, el hombre fue capaz de domesticar los genes del lobo: el perro. Continuará…

Ya sólo me queda agradecer a Rubén Portas y a ASCEL la información aportada, sin ellos esto no habría sido posible…

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Desde pequeño siempre fui aficionado a la naturaleza, pasando mis tardes metiendome por donde pudiera en medio del monte y la playa. Así que mi afición traté de hacerla en serio y acabé la carrera de Biología en el año 2003. En la actualidad, estoy realizando la tesis doctoral en el lab. de Biotecnología Vegetal de la Universidad de Vigo. Desde hace tres años presido AXENA, mi trabajo en la asociación está centrado en la coordinación de las diferentes disciplinas que conforman nuestros proyectos, su gestión y claro está, en el área de naturaleza.

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